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DERECHO ADMINSTRATIVO Y SISTEMAS DE REGULACION


ARTURO NUÑEZ DEL PRADO

Nacido en La Paz - Bolivia

FORMACION ACADEMICA

Ingeniero Comercial y Licenciado en Ciencias Económicas, Universidad de Chile. Santiago, Chile.
Post Grado en el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES - NNUU) Santiago, Chile.

DOCENCIA

Universidad de Chile. Santiago, Chile.
ILPES - NNUU, Santiago, Chile.
Universidades de España, Argentina, México, Brasil, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Bolivia y Colombia.

PRINCIPALES ACTIVIDADES

Economista de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Santiago, Chile.
Jefe Unidad Conjunta CEPAL/CET. Santiago, Chile.
Director del Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES) NNUU Santiago, Chile.
Presidente del Banco Central de Bolivia.
Ministro de Planificación de Bolivia.
Ministro Asesor del Presidente de la República de Bolivia.
Diversas publicaciones sobre estrategias, desarrollo nacional, gestión estatal y planificación.


LA REGULACION FRENTE AL FUNCIONAMIENTO ACTUAL DE LAS ECONOMIAS DE LATINOAMERICA

Transcurrida buena parte del decenio de los noventa, parece oportuno realizar un balance que promueva el debate sobre lo sucedido en América Latina y el Caribe con el desarrollo económico, social y político. Tal es el objeto del documento aquí reseñado, el que presta una atención especial al examen de los resultados alcanzados durante ese decenio y de sus causas, y explora algunas políticas que podrían llevarse a cabo, así como nuevas concepciones estratégicas sobre el Estado. La realización de ese ejercicio resulta aún más pertinente si se considera que hacia 1990 existía la convicción general de que la crisis iniciada a principios de los años ochenta había sido superada, y que la región estaba tomando medidas de política encaminadas hacia un vigoroso crecimiento económico y una mayor equidad social.

En términos generales, el proceso de desarrollo de los años noventa presenta encomiables activos, pero también inquietantes pasivos. Entre los primeros cabe destacar el logro de estabilidades macroeconómicas siempre difíciles de mantener; incursiones competitivas en el mercado externo; progresos en la gestión empresarial, y ganancias de productividad en los sectores y actividades más dinámicos. Los pasivos tienen relación con la limitada y frágil expansión económica, su escasa difusión, y con la inequidad. El balance realizado da por conocidos los activos, que han sido subrayados por la CEPAL y el ILPES en varias publicaciones, y se concentra en los pasivos, que no han sido objeto de exámenes pormenorizados y de conjunto en los años recientes, pero cuyo conocimiento resulta imprescindible para determinar el rumbo a seguir.

1. Las fragilidades y las insuficiencias

La economía latinoamericana en su conjunto ha crecido durante los años noventa a un ritmo que es la mitad del alcanzado en los veinte años que van desde 1960 a 1979, y el coeficiente de inversión aún no alcanza el nivel que tuvo antes de la crisis de los ochenta. El examen por países presenta la misma tónica, salvo contadas excepciones. Se puede concluir que el crecimiento es insuficiente y está resultando esquivo. Por su parte, la inversión, dada su cuantía y menguada capacidad de arrastre (por el fácil y rentable acceso a la importación de insumos), no da garantías de potenciar el crecimiento futuro. Con todas las ventajas que puede tener la apertura al exterior, la menor difusión del progreso técnico dentro de la economía es un quid pro quo que cabe considerar.

Aparte de las insuficiencias anotadas, las economías de la región, en general, exhiben fragilidades dignas de preocupación. La primera radica en los disímiles ritmos con que se expanden importaciones y exportaciones; aquellos son largamente mayores que éstos. Cualquier proyección de tendencias conduce a brechas difíciles de manejar en la cuenta corriente del balance de pagos.

La segunda se encuentra en la situación fiscal, especialmente sensible a las crisis externas y a las demandas sociales. Esta muestra una proclividad al deterioro en buena parte de los países; las medidas y circunstancias que permitieron reducir los déficit presupuestarios en los años noventa pueden resultar transitorias. La lentitud del crecimiento acentúa la presión sobre el gasto público destinado a paliar la falta de irradiación de aquel hacia vastos sectores de la población; no se podrá contar con financiamientos provenientes de privatizaciones, al menos en la medida de los primeros tiempos; las reformas que se introducen en materia de previsión y salud demandan significativos costos fiscales; obligadas devaluaciones de los tipos de cambio revalorizarían en moneda nacional las deudas externas que pesan sobre el sector público; en fin, las turbulencias en los mercados de capitales y las caídas de precios de varios productos básicos afectan las cuentas externas, y ciertamente las fiscales.

En tercer lugar, un flanco vulnerable del proceso de crecimiento se localiza en el sector financiero. La expansión crediticia ha sido muy rápida, y en algunos países se ha duplicado con creces en valores constantes durante los años noventa. Resta aquilatar la solidez y continuidad de la capacidad de pago de esos créditos, habida cuenta de lo sensible que puede resultar la calidad de las carteras a las devaluaciones y la magnitud de las que actualmente están en mora. Promueve inquietud la cuantía de los créditos para consumo, en desmedro de los dirigidos a sectores productivos.

El funcionamiento macroeconómico e institucional caracterizado por precios relativos influidos por la apertura comercial y financiera, junto con la revalorización de las monedas, la desregulación del sistema bancario interno, la entrada masiva de capitales de corto plazo, y otros factores, permitió en sus comienzos la estabilidad de precios y el equilibrio de la balanza de pagos. Sin embargo, el paso del tiempo develó que se estaban incubando las fragilidades antes mencionadas. Los frecuentes ajustes y crisis a que dieron origen reflejan su insostenibilidad en el mediano plazo y explican las dificultades que enfrenta la región para superar el 3% de crecimiento en el presente decenio.

Si a estas fragilidades se suma el análisis de los factores de dinamismo que han caracterizado la expansión económica durante el presente decenio, surge una razonable preocupación sobre su mantenimiento.

La participación decreciente del ahorro nacional en el ingreso pone en evidencia que los sectores pudientes han optado más por el consumo que por la inversión. Salvo escasas excepciones, bajos niveles de inversión y altos niveles de ahorro externo, reflejan que este último ha ayudado más a facilitar los niveles de consumo que a fomentar la inversión. En estas condiciones, y con el dinamismo descrito, el horizonte en que se lograrían los frutos de las políticas económicas parece extenderse en demasía.

En el ámbito de la equidad, los resultados tampoco son convincentes. No obstante el crecimiento del empleo en los primeros años del decenio de los noventa, vuelve a hacerse evidente la incapacidad de las economías de la región para absorber productivamente la demanda de trabajo. Respecto de la distribución del ingreso, muy desigual desde antaño y deteriorada en el decenio de los ochenta, no hay, salvo excepciones, señales de reversiones importantes. Por lo contrario, en la mayor parte de los países para los que se dispone de información, los índices de concentración del ingreso urbano mantienen o aumentan su nivel. Si se tomara en cuenta al campesinado, las distancias serían más pronunciadas aún.

La pobreza, expresión más dramática del subdesarrollo, no obstante la recuperación de comienzos de los años noventa, se ha incrementado en forma considerable entre 1980 y 1994. Entre esos años el número de pobres en América Latina pasó de 136 a 209 millones, los indigentes de 62 a 98 millones y los pobres urbanos más que se duplicaron. En los años noventa algunos países, tales como Chile y Brasil, han logrado importantes reducciones de la pobreza, pero el fenómeno dista de ser generalizado y la reducción de los ritmos de crecimiento en el bienio 1998-99 podría agravar la situación. Por su parte, la inequidad territorial dentro de los países persiste y se tienen indicios que las distancias entre aquellos más dinámicos y los deprimidos tienden a acentuarse. Territorios con mayor infraestructura, mejores servicios de apoyo, mayores mercados y mejor educación y conocimiento de sus agentes tienen una posición de ventaja en la actual modalidad de desarrollo.

Si se reflexiona con detención sobre la insuficiencia del crecimiento y lo difícil que está resultando elevar la inversión, así como sobre las limitaciones para irradiar progreso técnico en la estructura económica, necesariamente hay que ampliar y reforzar los cambios de política en curso. Si además se aquilatan las fragilidades que comprometen la viabilidad del crecimiento y se tiene en cuenta que se mantienen y acentúan las inequidades, sobran razones para insistir en aquellos reajustes.

La tendencia a la concentración del poder, la negativa percepción de la ciudadanía sobre el sistema político y las dificultades que se enfrentan para consolidar la democracia, no parecen ser ajenas al funcionamiento económico y sus resultados. Será necesario que en cada país se evalúe el alcance y validez de las inquietudes planteadas.

2. Las líneas de acción

Los gobiernos están conscientes de los problemas aquí expuestos. De hecho, muchos de ellos han introducido cambios en sus políticas e incluso algunas de ellas, como el control de los capitales extranjeros de corto plazo, han ganado consenso interno y externo. Si se piensa que los reajustes incluyen una creciente función reguladora, intentos de fortalecer a través de acciones públicas directas e indirectas el proceso de inversión, medidas destinadas a controlar el consumo privado basado en endeudamiento insostenible, conciencia de los problemas que acarrean precios relativos asociados a tipos de cambio sobrevalorados, y reconocimiento de que los problemas de inequidad ejercen creciente presión sobre el gasto público, se debe concluir que la situación amerita una mirada de conjunto y no sólo correcciones de carácter parcial. En este sentido, lo que aquí se propone es dar forma orgánica a un proceso que ya está en marcha.

Las reflexiones en torno a la orientación del proceso de desarrollo tienen como propósito sugerir líneas de acción en áreas sensibles del funcionamiento económico, social y político. Tales reflexiones se basan en dos consideraciones: primero, que en la región existe un grado apreciable de fatiga social en relación a los procesos de ajuste y, por lo tanto, no parece justo solicitar mayores sacrificios a los grupos postergados y vulnerables, sobre todo en presencia de elevados niveles de consumo y utilización del financiamiento externo para sustentarlos; segundo, las áreas y líneas de acción perseguidas, si bien despiertan un interés generalizado, no se refieren a la situación de ningún país en particular. En cada realidad nacional, podrán diseñarse estrategias y programas de gobierno que contengan proyectos y políticas que se adecúen al grado y a las formas particulares que adquieren los problemas identificados.

a) La insuficiencia dinámica no puede prolongarse sin graves problemas en el mediano plazo. Se hace por tanto necesario impulsar un vigoroso proceso de inversión. En muchos países han aparecido focos dinámicos, pero en la mayoría de los casos son aún insuficientes. A la vez plantean desafíos en varios frentes: necesidad de infraestructura física y de servicios y de organización, políticas coordinadas de incentivos entre países y regiones, políticas tecnológicas y de eslabonamiento que refuercen la difusión del crecimiento, apoyo a las políticas de reinversión de utilidades, tributación al consumo excesivo y suntuario, y reforzamiento de mercados de capitales que brinden apoyo financiero a los sectores que lo necesiten.

b) Se ha avanzado menos en la recuperación de la política cambiaría y en su combinación con criterios de mediano plazo. Es necesario en este sentido compatibilizar los objetivos de estabilización de precios y equilibrio de la balanza de pagos con los de crecimiento y empleo. Por último, parece importante reforzar los mecanismos destinados a controlar los flujos especulativos, incluyendo no sólo aquellos que se originan en el capital extranjero de corto plazo, sino también en numerosos agentes internos que, más allá de la percepción del riesgo, actúan con la intención de captar excedentes financieros en situaciones de presión sobre el tipo de cambio.

c) Parece cada vez más evidente que algunas políticas económicas han tenido consecuencias sociales negativas que resultaron ser más permanentes de lo esperado; tal es el caso, como ya se dijo, de la redistribución regresiva del ingreso. En tales circunstancias, no parece acertado suponer que dichas consecuencias puedan ser revertidas sólo mediante políticas sociales, pues ellas han demostrado ser insuficientes ante la magnitud de la tarea. Por lo tanto, el reajuste de la política económica no puede dejar de considerar los impactos sociales negativos que la misma provoca y debieran proponerse cambios para evitar que ello siga sucediendo.

d) Resulta urgente identificar en cada país los grupos vulnerables que, por su situación y representatividad poblacional, ameriten un examen particular de la actividad económica de la que dependen y una estrategia ad hoc para mejorar su productividad y su inserción progresiva en los mercados competitivos. En la región, una actividad generalizada que tipifica bien a los grupos vulnerables es la economía campesina. Hay que detener la corriente transformadora de pobres rurales en pobres urbanos, quizá recreando y adecuando a los tiempos la institucionalidad y las políticas que acaben con su segregación. Es aquí donde el apoyo estatal es indispensable; la asistencia financiera, tecnológica y de organización, así como la remoción de los obstáculos de estructura que impiden su articulación productiva, merecen acciones de gobierno decididas y cuidadosamente concebidas.

e) La política social impulsada en los últimos años tuvo como uno de sus principales objetivos la reorganización de los servicios sociales - sistemas de pensiones, salud y educación- mediante criterios que ponen énfasis en la eficiencia, la reducción del papel del Estado y el mayor protagonismo de la iniciativa privada y el mercado. La amplia aplicación de reorganizaciones de este tipo ha permitido advertir sus limitaciones, en especial la menor atención que dedican a la equidad. Por este motivo, es muy importante que continúen y se amplíen los esfuerzos, ya en curso en varios países, por reorganizar los servicios sociales mediante esquemas que combinen de forma más apropiada la eficiencia con la equidad, y la intervención estatal con la iniciativa privada y el mercado.

3. El Estado necesario

Las modificaciones en el funcionamiento económico y social plantean nuevas formas y modalidades a la actividad del Estado. La reducción del Estado, y el papel subsidiario que se le ha asignado, han propiciado, en muchos países, su debilitamiento y desarticulación, procesos que le impiden cumplir de manera cabal con sus responsabilidades. No obstante, es impensable reeditar las formas de intervención del pasado. Hoy, para tener legitimidad, la intervención del Estado ha de ser selectiva, transparente, eficiente, de costo y tiempo conocidos, consensuada, periódicamente evaluada y verazmente informada. Lo principal es que la intervención del Estado no sofoque ni desvirtúe los atributos que han demostrado tener, en ciertas direcciones, el funcionamiento del mercado y la iniciativa privada.

Para cumplir con las finalidades de encauzar el desarrollo, y para mantener su legitimidad, el Estado ha de responder a una concepción distinta. No se trata de avanzar en una trayectoria establecida en los primeros esfuerzos de reforma y modernización del Estado ni de profundizar y dar un paso más en una tendencia. Más que eso, cabe repensar el Estado para volverlo capaz de encarar problemas no resueltos y alcanzar los objetivos del proyecto político que respalde la mayoría ciudadana. Se trata de identificar las funciones emergentes, de establecer instancias institucionalizadas de diálogo con el sector privado, de rescatar aquellas funciones que el mercado no ha asumido y que hoy se reconocen como necesarias. Resulta necesario perfilar un desarrollo institucional que permita al Estado conducir una gestión estratégica, con visión de mediano y largo plazo y cumpliendo las funciones que ella implica. El fortalecimiento y ampliación de su función reguladora surge como una tarea prioritaria que condiciona el diseño institucional y facilita al Estado la armonización de intereses.

Difícilmente puede esperarse una acción pública trascendente si el Estado se desenvuelve en medio de astringencia de fondos. Un aparato público que paga mal a sus funcionarios, invierte poco y tiene baja capacidad de gasto eficiente, está condenado a una inacción que le traerá censura cuando se hagan escrutinios sobre las responsabilidades incumplidas. El fortalecimiento de la capacidad fiscal para la movilización de recursos y energías aparece como tarea ineludible.

El desarrollo territorial y la descentralización pueden constituirse en factores dinámicos de nuevas estrategias de desarrollo, las que, por cierto, también condicionan el diseño institucional. La validación de lo local, las posibilidades de participación de la comunidad, la identificación de proyectos de expansión productiva en ese nivel, abriendo conjuntamente espacios para la orientación del desarrollo, favorecen nuevas concepciones para el rediseño del Estado en cada país.

Aunque presentadas de manera sumaria, las líneas de acción sugeridas implican una tarea de gran envergadura, cuyas dificultades no han sido subestimadas por el ILPES. Sin embargo, si en algunos países existen evidencias de que no se están alcanzando los resultados esperados, urge una profunda reflexión sobre la forma de superar los pasivos existentes en la economía y la sociedad. En estos casos sería conveniente realizar un debate abierto que, apoyado en rigurosas interpretaciones analíticas, permitiera identificar las opciones de cambio y sus posibles efectos. Dicho debate, en que debieran participar de manera amplia todos los actores sociales, permitiría ir concertando perspectivas e intereses con el fin de decidir el camino a seguir. De todas maneras, la magnitud del desafío obliga a reconocer que éste ha de ser planteado en un horizonte de mediano y largo plazo, y que sólo alcanzará el éxito esperado si cuenta con un sólido respaldo político.
 

        


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